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Itinerario
Un espectacular viaje por dos de los mayores atractivos deMarruecos: el Alto Atlas y las dunas del desierto del Sahara. Visitaremos las kasbash más importantes y disfrutaremos del paisaje mágico que nos regalarán las impresionantes dunas del Erg Chebbi. El Toubkal , con 4.167 m , es la cumbre más alta del norte de África. Está situada en el Alto Atlas, a tan sólo 70 km de Marrakech , junto a otras cumbres de más de cuatro mil metros de altura. El atlas es un monumento en la geografía marroquí también por sus proporciones como por sus contrastes. La arruga de gran alcance que raya todo el país del sudoeste en el noreste, el atlas alto es una de las montañas grandes del mundo, la joya del turismo peatonal marroquí. Las proporciones colosales (entre 40 y 120 kilómetros de ancho y un ciertos 800 kilómetros largos), gama de colores de paisajes en el infinito, este chain(channel) impresionante cuentan no no menos que 12 cumbres que exceden de los 4 000 m y 400 sobre 3 000 m . En este mundo a parte, la variedad natural tiene un igual solamente la multiplicidad de colores. Continuaremos nuestro viaje en dirección al desierto, cambiando completamente de paisaje. Poco a poco se nos harán familiares los nómadas del camino y lo agreste del entorno, interrumpido a ratos por enormes palmerales y singulares kasbash (antiguas fortalezas). Las dunas de Erg Chebbi , el único erg auténtico de Marruecos, nos dejarán sin aliento. Disfrutaremos del espectáculo natural que forma el sol, que tiñe el entorno de variados colores dándole un aire mágico y hermoso. La bulliciosa y fascinante Marrakech ha cambiado mucho en los últimos años. Era una ciudad maravillosa, mágica, anclada en tiempo, en cuyas calles vendedores de todo tipo y falsos guías acosaban a los extranjeros hasta abrumarles. Según las estadísticas, pocos viajeros repetían la visita, así que las autoridades decidieron tomar cartas en el asunto. Hoy, Marrakech se ha convertido en una ciudad acogedora, que el visitante puede recorrer sin sentirse agobiado en ningún momento. La ciudad ha crecido fuera de sus murallas, los techados de caña de los zocos han sido sustituidos por techos de cinc o de uralita, pero los zocos siguen siendo mágicos, y en la plaza de la Yemaa el-Fna sigue habiendo contadores de historias, adivinos, encantadores de serpientes, músicos, saltimbanquis y curanderos; allí, puedes comprar dátiles o fruta, cenar (en los chiringuitos que abren al caer la tarde, sumergiendo la plaza en una nube de humo) o hacer que te decoren la manos con henna. Al anochecer, la plaza y sus alrededores son un increíble hervidero. En cambio, en las callejas de la medina (estrechas, por lo general rectas, que a trechos pasan bajo arcos), sólo el paso de una moto estorba de tarde en tarde los juegos de los niños. Para ir de Marrakech a Ouarzazate hay que atravesar el Atlas. Allí, los pueblos bereberes, formados por casas de adobe de techo plano, se confunden con el paisaje. En la vertiente sudeste de la cordillera, la vegetación va siendo cada vez más escasa. Cuando el Atlas ha quedado atrás aparece, encaramada en su colina, la kasbah de adobe de Ait Benhaddou. Un río la separa del pueblo nuevo, hasta el que llega la carretera. A este lado hay albergues, restaurantes y tiendas de souvenirs para los turistas. Al otro, solitaria, la kasbah. No hay puente para cruzar el río: sólo unos sacos de plástico llenos de arena puestos en fila, entre los cuales pasa el agua marrón. Unos niños se divierten caminando sobre los sacos mientras esperan que algún forastero se acerque para cruzar. Cuando esto ocurra, acudirán de inmediato para ofrecerse a llevarle de la mano, andando ellos sobre el lecho del río, a cambio de una moneda, un bolígrafo o una golosina. Cuando el río crece no se puede cruzar, y las pocas familias que viven en ese lado quedan aisladas. En Ouarzazate merece la pena visitar la kasbah de Taourirt, con sus numerosas dependencias, entre las que destaca un comedor abierto a todos los vientos (con grandes ventanas en cada una de sus tres paredes exteriores). Cuando las ventanas de la kasbah-palacio se cerraban, unos orificios situados delante de ellas, defendidos del viento (y de la arena arrastrada por él) por un saliente de la propia obra, facilitaban la ventilación, algo imprescindible en una tierra en la que la temperatura puede llegar, en verano, a ser asfixiante. Las dunas rosadas del Sahara Después de recorrer una ruta jalonada por kasbahs de adobe se llega a las gargantas del Todra, en un albergue sin conexión a la red eléctrica en el que tuvimos que combatir el frío tapando con una toalla el hueco que dejaba la puerta (la habitación daba a un patio exterior) y utilizando una mugrienta estufa de butano que tenía la placa partida. El valle del Draa El camino que va de Rissani a Zagora atraviesa territorios desérticos, flanqueados por las estribaciones oscuras del Anti-Atlas. De trecho en trecho, un palmeral da fe de la existencia de agua. El valle del Draa, con sus inmensos palmerales,establecimientos de orfebrería del barrio, heredados por los bereberes de los judíos que emigraron a Israel en 1948.
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